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Joaquín Rábago Londres, 28 abr (EFE).- "Lohengrin", una de las óperas de Wagner
que ha cautivado desde su estreno en Viena a todo tipo de
audiencias, ha vuelto al Covent Garden, donde estará hasta el 16 de
mayo. Se trata de una vieja producción de Elijah Mochinsky- data de
1977- que se resiente de una estética kitsch, sobrecargada como está
de un híbrido de simbología cristiana y pagana con extrañas cruces,
extravagantes tótems, monjes tonsurados y vírgenes con velas en las
manos que se pasean continuamente de un lado para otro. A juzgar por la vestimenta de los personajes, uno no sabe muy
bien en algunos momentos si está en Bizancio o en la corte de Iván
el Terrible. La ópera wagneriana romántica por excelencia ha sido objeto de
las versiones más diversas: desde la del cineasta Werher Herzog para
Bayreuth, que se desarrollaba en un paisaje nevado espectral, como
los de los lienzos de Caspar David Friedrich, hasta la de John Dew,
en la que Lohengrin era el propio Wagner y el rey Enrique, el
emperador Guillermo de Alemania, o la que hizo, combinado actores y
marionetas, el noruego Stefan Herheim. El argumento de Lohengrin es bien conocido: Elsa, una joven
princesa de Brabante injustamente acusada del asesinato de su
hermano no puede demostrar su inocencia hasta que aparece un joven
guerrero, llegado en una barca tirada por un cisne. El desconocido personaje es nada menos que Lohengrin, hijo de
Parsifal y guardián del santo Grial, que proclamará la inocencia de
la princesa, a la que declarará de paso su amor con la única
condición de que jamás pregunte por su identidad y su linaje. Sin embargo, la bruja Ortrud y su amante, el duque Friedrich von
Telramund, que por instigación de ésa, acusó a Elsa del fratricidio
para quedarse con el ducado de Brabante, intrigan para azuzar la
curiosidad de la princesa, que termina por violar su promesa y pide
a su esposo que revele cuál es su origen. La moraleja, señalada por el poeta francés Charles Baudelaire,
uno de los fervientes admiradores de la ópera, es que "la duda ha
matado a la fe, y al desvanecerse, la fe se lleva consigo la
felicidad". Otro escritor fascinado por "Lohengrin" es Thomas Mann, que
califica esa ópera como tal vez la creación poética "más noble y más
hermosa" de su compatriota, una obra que es capaz de "deleitar las
mentes de personas como el autor de "Las flores del mal"
(Baudelaire) y resultar a la vez edificante a nivel popular". Si la producción de Mochinsky resulta hoy decepcionante
visualmente por culpa sobre todo de los decorados de John Napier, no
cabe decir lo mismo de la ejecución musical, orquestal y coralmente
muy brillante. El maestro ruso Semyon Bychkov, director principal de la
Sinfónica de la Westdeutscher Rundfunk, de Colonia, logra transmitir
la cristalina pureza, la electricidad, la dramática intensidad, la
sensualidad y el misterio, según los momentos, de la música
wagneriana. Una música servida por voces entre las que destacan la del tenor
surafricano Johan Botha, más poderosa que matizada en el papel de
Lohengrin, y la mezzosoprano alemana Petra Lang, extraordinaria como
la malvada Ortrud. Mientras que la soprano italiana Edith Haller no resulta
convincente como Elsa, sí están a la altura de sus papeles el
barítono alemán Gerd Grochowski (Telramund) y el bajo coreano
Kwqangchul Youn (el rey Enrique). EFE jr/ibr |
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