|
Gemma Casadevall Berlín, 7 nov (EFE).- Berlín vive la conmemoración del vigésimo
aniversario de la caída del Muro convertida en un plató mediático
para revivir su noche más hermosa, la del 9 de noviembre de 1989, la
que precipitó el proceso de reunificación alemana y su resurgir como
nueva capital de la potencia europea. De símbolo de la Guerra Fría al nuevo Berlín que no oculta los
estragos de la historia: la escenografía del acto central del lunes,
con el derribo de un dominó de 1,5 kilómetros, desde la Potsdamer
Platz a la Puerta de Brandeburgo, difundirá por todo el planeta esa
imagen de ciudad poderosa, revitalizada desde su desgarro. Medios de todo el mundo copan el centro de la capital, recorren
las huellas dejadas por los 155 kilómetros de Muro que durante 28
años rodearon su sector occidental y entrevistan a ciudadanos
corrientes y políticos de uno y otro lado en busca de su testimonio. La grandeza de la noche del 9 de noviembre consistió en la
respuesta espontánea de las decenas de miles de ciudadanos que se
lanzaron sobre la frontera. Será difícil que una escenografía, por
perfecta que resulte, supere la carga emotiva contenida en las
imágenes de entonces. Para Berlín es una oportunidad de mostrar su actual epidermis,
que alterna las cicatrices históricas con la nueva ciudad surgida en
lo que durante décadas fue tierra de nadie, junto al Muro, como la
Potsdamer Platz. El 9 de noviembre fue la culminación de la Revolución Pacífica,
que de la consigna del "Wir sind das Volk" -"Nosotros somos el
Pueblo"- de las primeras marchas minoritarias desembocó en semanas
en manifestaciones masivas en todo el país. La presión era insostenible para la República Democrática Alemana
(RDA), presionada además por la "Perestroika" de Mijail Gorbachov. El comunicado que precipitó la apertura de las fronteras, el 9 de
noviembre, derribó los últimos diques de contención. A la noche que pasó a la historia como la de la caída del Muro
siguieron muchos días y noches de euforia, con caravanas de "Trabis"
-el coche arquetípico germano-oriental- cruzando al otro lado. La Puerta de Brandeburgo siguió cerrada durante cierto tiempo,
mientras las grúas se llevaban, bloque a bloque, no sólo el centenar
y medio de kilómetros de hormigón que rodeó el Berlín occidental,
sino los 1.400 que formaron la frontera divisoria, de norte a sur,
entre la RDA y la República Federal de Alemania (RFA). Desarmar el Muro llevó meses, en los que el ruido de la
maquinaria iba parejo al martilleo de berlineses y turistas a por su
reliquia. Paralelamente, se producía también el desmantelamiento del
Politbüro -y la celebración de las primeras elecciones libres de la
RDA -en mayo de 1990-, que ganó la CDU del canciller Helmut Kohl. En julio entró en vigor la unificación monetaria y después Kohl y
Gorbachov anunciaron el acuerdo que, tras duras negociaciones, dio
luz verde a la reunificación, con la aquiescencia de las restantes
potencias aliadas -EEUU, Reino Unido y Francia-. La RFA seguiría
integrada en la OTAN, la RDA se desmembraba del Pacto de Varsovia. El 3 de octubre de 1990 se firmó el Tratado de Unidad por el que
el territorio de la RDA se integró en la RFA. Fue una absorción, que
arrasó con el régimen germano-oriental, pero también con los
referentes y señas de identidad de sus 16 millones de habitantes. Berlín tardó aún en recuperar la capitalidad perdida con la
derrota del Tercer Reich (1945) y la división del país entre las
cuatro potencias vencedoras de la II Guerra Mundial. Durante todas
esas décadas, el Parlamento y gobierno de la RFA quedaron alojadas
en la llamada "aldea federal", Bonn. A la clase política le costó dejar la tranquila ciudad renana
para mudarse a Berlín, ciudad no necesariamente querida por muchos
alemanes, primero por prusiana, después por capital del Reich,
después por ser símbolo de la Guerra Fría. Finalmente, el 20 de junio de 1991, y por el estrecho margen de
17 votos de diferencia, el Parlamento aprobó la mudanza a Berlín, lo
que a su vez llevó largos preparativos hasta consumarse en 1999. Veinte años después de la caída del Muro y un decenio después de
recuperar la capitalidad, Berlín sigue siendo una ciudad patas
arriba y algo incómoda, para algunos, pero fascinante para muchos
otros, precisamente porque extraer belleza de sus cicatrices. EFE |
|
|
|